domingo, 21 de junio de 2009

CAPITULO III - ARANDA DE DUERO

ARANDA DUERO
(15 septiembre 1.930 a 20 de mayo 1.931)

Nueva vida. Cambio de tercio. Me llevó mi padre en septiembre del 30, tenía 12 años y me quedé con esa­ nostalgia, con esa pena, con esa morriña del benjamín de la casa, era la primera vez que me despegaba formalmente de las faldas de mi madre; pero no me fue tan difícil adaptarme al internado, además el haber otros dos más de Quintanar, era sentirse más seguro. El Colegio era de los más prestigiosos en aquella época, teníamos las clases, comedor y capilla abajo y los dormitorios y lavabos arriba, É­ramos 20 internos, pertenecientes a tres cursos de bachiller que era lo que podíamos estudiar en Aranda y un número indeterminado ­de externos pero sí muchos más que internos. Asistíamos a clase al Instituto que estaba en el nº 11 de una calle Céntrica y antigua era un caserón viejo y feo, sencillamente dos o tres viviendas de una casa habilitada para Instituto de 2ª Enseñanza.

Aranda en el año 30 era un pueblo de cerca de 7.000 habitantes. No es que fuese bonito, pero tenía aires de ciudad con su Instituto, sus colegios del Sagrado Corazón­ y de María, que era el nuestro y el de la Vera Cruz, que era de chicas; su situación en la carretera general, sus ferias y mercados, sus hoteles, su plaza mayor nada con su monumento a Arias Miranda delante de mi colegio, con su artística y monumental Iglesia de Santa María con fachada de Juan de Colonia, el Duero, La Virgen de las Viñas, etc. todo ello le daba solera, pronto me sentí un arandino más.

El internado no me pesaba, me sentía más personalizado fuera de las faldas de mi madre y hermana a las que tan apegado estaba, se despertaron en mí nuevas aficiones, descubrí nuevas aptitudes, y vi fortificada mi fe con ­un nuevo manantial. La convivencia en el con­vento, diríamos mejor que fortificada, más pa­norámica, de más horizontes.

Los 26 internos dormíamos en un gran dormitorio colectivo. Nos acostábamos a las 10, y media y nos levantábamos a las 8 de la maña­na. Yo dormía en el centro del dormitorio y ­junto a mi cama tenía la llave de la única luz que quedaba encendida durante toda la noche a título de piloto. Yo era bastante trasto y de los que más de una noche alteraba el riguroso orden del internado, hasta el punto de tener ­que separarme, con el tiempo, de los durmien­tes o acostantes vecinos. De los tres cursos que formábamos el grupo de internos, la mayor parte éramos de 1º. Allí estábamos los tres serranos; Delfín Bartolomé que estudiaba 3º, Heliodoro Medrano, alias el "Nene", apodo heredado, a pesar de ser un­ chicarrón, también le llamábamos el "Lenteja" porque tenía una en la frente, que según lo a­ceptado por el vulgo era un "antojo" de su madre durante su embarazo; tenía la nariz aguileña y torcida, los dientes grandes y "ratonados”, a pesar de todo era un chico agradable y de muy buena presencia y por supuesto un buen compañero. Otros internos eran los Hnos. Hermida Velasco que estudiaban, Carlos 2º curso y Fernando 1º eran hijos del médico de Hontoria de Valdearados y Carlos sobre todo, era un compañero que todos apreciábamos, pues era el más fuerte del colegio, además bueno y noble, me hace recor­dar a "Garrón" el del libro “Corazón” de E. de Amicis.

Otros eran los Hnos. Campos de la Morena, Leoncio estudiaba 1º, era un chico tranquilo, y que no se hizo viejo ya que fue otra de las víctimas de la Guerra Civil. Su hermano Eutiquiano iba oyente a 1º, más movi­do y más abierto que Leoncio. Era un “fua qui olin”, que era su dicho, cuando el apa­rato digestivo no era lo debidamente discreto; eran de Peñalba de San Esteban (Soria); ­otro era Ángel Culadrillero Cordón de 1º, era hijo de la Maestra de San Martín de Rubiales, el más señorito del colegio, pero como los anteriores muy buen chico y así podría seguir con otros más.

A estos compañeros de casa, añadiré alguno de los del curso del Instituto: ­José Crespo Córdoba, mi compañero de mesa, hijo de un oficial de telégrafos, vivían muy desahogadamente, tenía una estupenda máquina de cine, una cosa fuera de serie para aquellos tiempos y hasta para ahora. Delante de nosotros se situaban Cuadrillero con Restituto un chicarrón de características ­similares a las de Carlos Hermida, otro compañero arandino era José Luis buena amistad del profesor de Francés. En el curso éramos 17: 10 chicos y 7 chicas. Entre éstas podríamos citar a­ Adela la mayor, más responsable, estudiosa, guapa y formal; pero la más compañera mía, era Liduvina López Vicente. Ésta hizo el ingreso conmigo en Soria, el 1º en Aranda y ­cuando fui a Soria a continuar el bachiler a partir de 2º, allí me la encontré de nue­vo y juntos terminamos el Bachillerato. Era una chica alta, muy delgada y de mi edad.

De los Padres del Colegio diré que nunca supe los que había en el Convento. A nuestro cargo y para nuestros estudios so­lo había 3: el P. Ripa daba clase a los de 1º, tenía unos 27 años, navarro de Miranda de Arga y muy bueno. Nos contaba amenas narraciones de las misiones en África y no ­recuerdo haberle visto enfadado; el P. Co­rral daba clase a los de 2º y era el "sar­gento de Semana”, no es que fuese malo, pero “sacudía el polvo” que era un primor y lo mismo en clase que en el recreo que en­ el dormitorio, era alto, de unos 35 años y con una calva bastante pronunciada para su edad, por último estaba el P. Mateo, tutor de 3º y bastante mayor, alrededor de 50 a­ños, bajo de estatura y muy expresivo.

Entre los profesores del Instituto teníamos a D. Valentín Plaza, director del Instituto y profesor de Matemáticas, muy alto, mayor y con una nevada barba y de modales muy finos. D. Aurelio Romo pro­fesor de Lengua, nos daba Terminología, era el más joven y escritor sobre sus materias y en colaboración con otros autores. D. Fermín, sacerdote, nos daba Religión. D. Antonio Gelabert de Geografía, y D. Félix Cueto profesor de Francés y también sacerdote, enérgico y exigente de edad madura.
Estos eran los compañeros y pro­fesores que juntos con otros que no cito ­por fallo de la memoria a través de tantos años y que integraban mi mundo de los 13 a­ños y a los que he tenido sumo gusto presentar en estos apuntes.

Pues bien, descubierto ya mi mundo, veamos como se desarrollaba mi vida en aquel entorno. Ratifico que, efectivamente el internado, el Instituto y Aranda los en­cajé pronto y bien.

El horario de los días de hacer era tan monótono como puede suponerse, pero con el saborcillo del orden; nos levantába­mos a las 8, aseo rápido, misa diaria, don­de ayudábamos algunos por semanas, desayunábamos e ir al Instituto. Después de comer, un descanso hasta las tres y a las 4 salía­mos al patio y al gimnasio que había en el­ patio grande; jugábamos al futbol, hacíamos gimnasia de aparatos o corríamos a placer, hasta la hora de la merienda. A las 7 y hasta las 9 era la hora de estudio, a las 9 cena, oración y a la cama. La oración de la noche la rezábamos en común en la clase de2º. Los sábados eran días de trabajo completo, allí no se conocían los fines de semana. Nosotros teníamos una hora más de clase que consistía en la clase de repaso de 8 a 9 que la dábamos en el Instituto. Con esta clase­cita adquirí el viciejo de al regreso hacia el Convento entraba en la pastelería Hacinas en la Plaza Mayor y me compraba un pastel ­que me costaba 15 cts. Los domingos y fies­tas los P.F. nos llevaban de paseo a las orillas del Duero arriba o abajo, pues en ambos sentidos había sus playitas, aunque nunca nos bañábamos, también es cierto que no­ era tiempo de baño. Nos llevábamos balones y algunos días las bicicletas que teníamos en el Colegio. Otro paraje muy visitado era la zona de la Virgen de las Viñas, en la carretera de Burgos.

Yo tenía especial predilección por el gimnasio e incluso por la Ed. Física. Pasaba mis buenos ratos en las escaleras horizontal e inclinada, las anillas, la pértiga, la trepa en cuerda lisa y de nudos, todo ello se me daba bien, incluso la lucha libre. He­liodoro era mucho más fuerte que yo, pero ­siempre nos estábamos peleando, solía vencer él, pero yo no claudicaba y eran combates ­que a mi me gustaban y sobre todo !cuánto me crecía, cuando le vencía yo! porque había de todo. Sin embargo, la bici, no había medio, no conseguí montarla, yo lo veía dificilísi­mo y como siempre, en estos casos, eran mis nervios los que siempre me traicionaban. Si el día estaba malo, sobre todo en lnvierno, no salíamos y jugábamos a la lotería u otros juegos. Los días festivos, después de venir de paseo, merendábamos e íbamos al cine, que lo teníamos en el mismo colegio. Por supues­to, que el cine era mudo. Las películas que ­más me gustaban eran las de Willán Duncan y las de Tomasín. En los paseos lo pasábamos muy bien, corriendo, jugando y hasta practi­cando actividades que a veces nos hacían sentirnos algo de verdad. En cierta ocasión, nos llegamos a creer que podíamos haber cogido una liebre de las de verdad. Los domingos por la tarde, solía ir un churrero a la puerta ­del colegio a quien comprábamos churros a 5 cts. unidad ¡¡pero qué churros!!

La primera gran fiesta del colegio fue la del entonces todavía, Beato Antonio Mª Claret, fundador de la Orden del Sagrado Corazón de María o Claretianos, el 23 de oc­tubre. Tuvimos extraordinario en todas las comidas, empezando por el desayuno que consistió en una hermosa taza de chocolate con pastas y un vaso de leche, fue un día que como todas las fiestas grandes dejan un agradable recuerdo en los chicos.

Entre las bromas y trampillas que hacíamos, una era empalmar un cable desde ­el enchufe a un picaporte, se le llamaba al presunto yíctima que recibía el consiguien­te calambrazo con el jolgorio de los demás. En el comedor, clandestinamente, cambiába­mos los huevos fritos por el postre, según los gustos de cada uno, y generalmente mientras comíamos había un lector, para lo que­ nos marcaban un turno. Los recreos cortos ­los pasábamos en las mismas clases o en el patio pequeño o en una sala que era un poco de todo; museo, cuarto de estar, trastera y hasta clase. Allí había un mapa de España, en piezas metálicas. Este era mi juguete preferido y aunque yo era el más pequeño de los internos, en estatura, y además de los más ­jóvenes, era yo el que me divertía enseñán­doles a armar el mapa a todo el que iba a aquella habitación, y así transcurrió el tiempo hasta Navidades.

En el Instituto, tampoco se pasaba mal. Ya he dicho que con el profesor de Francés había caído bien por el mero hecho de llamarnos los dos Félix y eso que el primer día me tiro una buena indirecta por una postura incorrecta, porque además de enérgico y exigente era un consumado satírico y un solemne guasón. Todo esto fue así: entramos en la clase y mientras empezábamos nos pusimos “cómodos", yo por ejemplo me puse de medio lado y con la cabeza ladeada y apoya­da en la mano izquierda, entonces él en vez de corregirme directamente, me dijo: "qué ­bien se está así"- y al misimo tiempo se po­nía él mismo en la misma postura que yo, y como yo ingenuamente no cayese en su guasa, él siguió hasta conseguir ponerme colorado, yo no sé si como un tomate, porque no me vi, pero sí me quedé más corrido que una mona.

Yo no sabía todavía como se llamaba. Poco después dijo que iba a pasar lista para irnos cociendo. Para cada uno que nombraba tenía u­na frase o se fijaba bien. Al llegar a mi, me dijo la consabida frase: "tu nombre ya no se me olvida", yo no sabía por qué lo decía y hasta pensaba en la indirecta anterior. Al finaI todo esto se tradujo en una recíproca simpatía se olvido lo primero y tomó cuerpo lo se­gundo. Todo esto por el mero hecho de llamar­nos los dos Félix. Cuando ya me fue conociendo me llamaba con su guasa correspondiente: Fefélix, no es que me hiciese mucha gracia, pero era su forma de ser y su simpatía hacia mí era manifiesta, me preguntaba con mucha ­frecuencia y este preguntar y ,esta simpatía hacían que yo estudiase muy bien el Francés.

Así llegaron las vacaciones de Na­vidad y volvimos los tres serranos a Quinta­nar, que después de mi primer trimestre de ­internado las vacaciones fueron muy caseras, y pasaron tangencialmente. Cierto es que la Sierra se brindaba para ese caserismo navi­deño, ya que el verdadero goce serrano y el placer de la Naturaleza era en verano.

Pasaron anodinamente las vacacio­nes. El principio fue, si se quiere, un tanto anecdótico si se puede llamar así, La novedad de ver ¡un chico montado en una bicicleta! Esto era asombroso entonces, verle a él solo y por la carretera, todos los via­jeros del coche de línea al llegar a Pala­cios nos volcamos sobre las ventanillas.

Si al principio de vacaciones tuve esta in­transcendente anécdota el final también tuvo su sabor anecdótico. El regreso, en lugar de volver directamente por Salas a Aranda, a propuesta de Delfín nos fuimos por Lema con su hermano Vicente que tenía que llevar un ­camión de madera a Valladolid; en Lerma cogeriamos el "Lancia" o coches de línea de Burgos a Madrid y así lo aceptó mi padre. Hasta ahora todo es normal, pero en las ,cercanías de Lerma, nos pitaba insistentemente un co-che, Que intentaba pasarnos, al que desde, luego no oímos con el ronco motor de nuestro vetusto camión, propio de aquellos tiempos, la carretera era estrecha. Por fin pudo pa­sar sin darle paso, se puso delante y paró ­el camión. !Era el Ministro de la Gobernación! que venía de Silos. ¿Que pasó? No lo sé; tomaron nota y yo ignoro lo que sucedió después. ­Llegamos a Lerma, y es aquí donde lo anecdó­tico se hace realidad, para los demás intranscendente, pero a nivel personal marca un hito importante en mi vida. Pues bien, como los­ "grandes" nos alojamos en el Hotel Madrid, ­para una sola comida, y a propuesta de Del­fín, que por algo era el mayor, compramos un paquete de cigarrillos ¡emboquillados! Que nos costó el paquete una peseta, era de lo ­más elegante de la época, y claro es, si lo compramos era para fumar y así me fumé el primer pitillo de mi vida, Que fue la raíz ­de un arraigado y pertinaz vicio que así lo adquirí. Eran las 11,30 de la mañana del día 7 de enero de 1.931, a los 12 años, 10 meses y .14 días de edad. con un pe so de 27 kgs. y 1,26 m. de altura, cuando yo me paseaba con mi primer pitillo por la acera de la calzada frente al Hotel Madrid como "un gran señor", y cuando no llevaba ni la mitad de aquel pi­tillo que iba fumando y escondiendo furtiva­mente entre las manos pasó un señor junto a mi y al. notar mi azoramiento me dijo: "Cuida niño que por ahí viene tu papá". Mi reacción fue tirar inmediatamente el cigarrillo que ­no sería el único sino el primero de los mi­les que habían de venir después. Esta es sencilla y verazmente la historia de mi primer pitillo.

Por la tarde llegamos a Aranda, seguí haciendo la misma vida, un poco cambiada porque ahora ya me metía alguna vez a los servicios para quemar algún pitillo furtivo.

Esta época de Aranda coincidió con los gobiernos provisionales de Berenguer y Aznar, comprendidos entre la Dictadura y el advenimiento de la 2ª República. Durante este primer curso, el 12 de diciembre del año 30 ocurrió la sublevación de los capitanes ­Galán y García Hernández en Jaca. Todo ello presagiaba la inestabilidad política, un malestar social y una desconfianza en nuestras instituciones. Era también la época de anti­guas glorias deportivas. Todos recordamos a aquel gran portero Ricardo Zamora, a aquellos formidables defensas Ciríaco y Quincoces, a Regueiro a Samitier, a Láncara, al boxeador Uzcudun, al torero Marcial y tantos y tantos más que no voy a incluir en mis apuntes au­tobiográficos, pero que se ve que también entonces teníamos nuestros “ídolos".

Pasa el tiempo y todavía tenían que, suceder tres hechos transcendentales, dos a nivel familiar y uno a nivel nacional primero, fue el nacimiento del sobrino primogénito. Un día me entrega el P. Corral una carta y serio pero con un gesto interesante me dice: “Toma esta carta, no sé si ha habido aumento o disminución en tu familia". Había nacido Jo sé Luis en Cabalar-Capela, parroquia de Las Nieves (La Coruña). La carta me llegó con un retraso conventual. Lucio ­tenía una letra preciosa y antes de entre­gármela pasó por muchas manos de padres admiradores de la letra. Otro acontecimiento importantísimo, fue la proclamación de la ­República en España. Los P.F. no nos tenían muy al corriente, no era ocultación, era ­nuestra edad y algo la mentalidad de enton­ces, y el día 14 de abril cuando salíamos ­del Colegio para el Instituto vi ondear por primera vez en la fachada de. Correos, que ­estaba frente al Colegio la bandera tricolor. ¡Qué pena me dio! Volvimos enseguida porque no había clase y pronto cundió entre noso­tros el temor o incluso el pánico a creer que los republicanos iban a matar a los cu­ras y a los frailes y que iban a quemar los conventos, fueron unos días de angustia que pronto pasaron. Yo, no sé por qué, sentía­ una gran simpatía por el rey destronado Al­fonso XIII. Como consecuencia no aceptaba­ el nuevo sistema.

Y el tercer gran acontecimiento ­familiar, fue el traslado de mi familia a Soria. Fueron unos días apretados y llenos de emociones y alegrías y también dudas- porque estos tres importantes acontecimientos habían ocurrido en el breve lapso de 4 días aunque por correspondencia se estirase a una semana larga. Cronológicamente fueron el día 11 de abril el nacimiento de José ­Luis, el día 14 la proclamación de la República y el decía 15 nuestro cambio de residen­cia a Soria.

Llegó Semana Santa y a pasarla a La Hinojosa, que me hizo muchísima ilusión. Ya hacía 5 años que no iba. Escribí a mi ma­dre Bibiana, para que salieran a recibirme a Huerta de Rey y cuando fui no había nadie esperándome en Huerta. Emprendí el camino andando y enseguida me encontré con Quinidio, ­el hijo mayor de mi nodriza. Nos costó reco­nocemos, pero la deducción era tan lógica ­que los dos teníamos que ser los dos. Pasé ­una semana feliz, participando lo más activamente que pude en los actos religiosos. Mi ­madre Bibiana se sentía contentísima de te­ner a su Felisín y todos me prodigaban simpatía a raudales. Los otros dos hermanos de leche eran Nicolás y Roberto y entre los familiares lácteos, ya citados, he de citar a la abuela Santas omitida en mi relación anterior. La simpatía tan generalizada no solo era ha­cía mi directamente sino que en gran parte ­provenía de mis padres y especialmente de mi padre que había tenido ganado en La Hinojo­sa y ese trato frecuente, esa soltura jugando a la pelota y bailando, esa destreza en tocar la guitarra, esa elegante prestancia y ­ese don de gentes que le caracterizaba había hecho que La Hinojosa le abriese todas las puertas de su gente. Yo me sentía, esta Semana Santa, con ganas de enseñarle francés a ­Roberto !qué ilusiones! total que estas fue­ron mis vacaciones, distintas y felices de ­la Semana Grande del año 31.

Regresé a Aranda para terminar el curso y ya pocas novedades quedaban que citar. En cuanto a asignaturas hubo cambios, algunos debido s al cambio de régimen político.

Uno fue que la Religión dejó de ser asignatu­ra y al final en vez de nota o calificación­ nos dieron un certificado a todos de haber estudiado la Religión. Otro cambio fue el de la taquigrafía por la Caligrafía, empezamos Con la primera, pero ante los pequeños progresos, nos pasaron a la segunda entramos en el mes de mayo y aumen­ta la preocupación, el trabajo, la emoción de un final incierto, pues algunas asignaturas no iban lo suficientemente estudiadas ­para dormir tranquilo. Las matemáticas, para mi, eran uno de los huesos duros de roer, que al final conseguí levantarlas bastante bien.

Don Valentín Plaza, Profesor-rector de Ma­temáticas en una de las últimas clases del ­curso, me sacó al estrado. Estuve bastante bien y a pesar de lo alto que era él, tuvo ­para mi el siguiente elogio: "muy bien, los hombres no se miden por la talla". También ­D. Félix Cueto, el profesor de francés acabó el curso con un gesto de simpatía hacia mí ­el día que iba a firmar las notas. No existía la nota de Notable, sino que tenía que ­ser suspenso, aprobado o sobresaliente y me preguntó que Qué nota Quería. Yo, pese a nuestra recíproca simpatía le tenía mucho respeto y contesté tímidamente: "lo que usted quiera" y me dio un sobresaliente y objetivamente pienso que merecidamente, ya que aquella simpatía había sido para mi un estupendo estímulo para estudiar la asignatura muy a gusto y creo que estudié el Francés con un gran entusiasmo. Recordemos mi entusiasmo e ilusión de Semana Santa, cuando me sentía con ganas de preparar y enseñar Francés a mi hermano ­de leche Roberto, en la Hinojosa.

Y con todo mi primer curso aproba­do y mi sobresaliente en .francés, terminé felizmente mi primer curso de Bachiller y dejé Aranda de Duero, para dirigirme a mi nueva ­residencia. Hice el viaje solito "como un hombre", transbordé en San Esteban de Gormaz y llegué a SORIA.

domingo, 7 de junio de 2009

QUINTANAR FINAL

Mi madre siempre decía “mi ­Lucio" y, como prueba, valga saber, Que en año 29 la Condesa del Val, de Madrid, hizo una almoneda interesante. Nosotros nos enteramos por D. Vicente y Dª Julia y éstos por una tía suya Que había estado al servicio de la Condesa del Val. Entonces D. Vicente y nosotros compramos algunas cosas de cierto valor; entre otras, un juego de cubiertos de ­plata con su escudo nobiliario y dos colchas de seda con una de las cuales, según tradición familiar había dormido el Rey Alfonso XIII. Pues bien, mi madre no paró hasta com­prar otra colcha de seda para que tuviéra­mos una colcha de seda cada hermano, sin es­pecificar cual había de ser para cual. Cierto es que Lucio correspondió al cariño de mi madre, como un hijo más, llamándola siempre madre y saliendo en su defensa cuando los o­tros dos hermanos la faltábamos al respeto. Esto hacía que le quisiéramos mucho pero al mismo tiempo le respetásemos casi como a mi padre y reconociésemos que fue un eficaz co­laborador en nuestra educación hogareña.

Más podría decir de aquellos tiem­pos felices por ser de niño, donde la vida ­me sonrió. Mi hermana Gaudi era ya una jovencita de 13, 14 y 15 años. Allí hizo sus primeros pinitos en sus flirteos adolescentes, ella recuerda todavía aquel alternar con Al­fredo Blanco, hijo de la Sra. Elisa, con ­Eduardo Magallón, hijo de Ayudante de Mon­tes que, residentes en Burgos, veraneaban en Quintanar y que años después de terminar la carrera, moriría víctima de la Guerra Civil española por el mero hecho de ser de izquierdas o menos todavía, por tener una colocación a la sombra de un jerarca provincial ­de la República. Yo por mi parte presumía­ de mirar a una chica de diferente manera que a las demás. Se llamaba Enedina y vivía detrás del Ayuntamiento. Ambos teníamos 11 años.

Antes de dejar Quintanar, diré algo de los contactos con nuestra provincia: de Soria. Las visitas a La Hinojosa, por San Juan eran más distanciadas que al principio y concretamente desde los 8 años no ­había vuelto. Tenía explicación, yo iba ha­ciéndome mayorcito, ya no era el bebé del ­regazo de mi nodriza, que nos seguíamos queriendo mucho; por otra parte, el viaje desde Quintanar resultaba francamente incómodo, para pasar dos días de fiesta, teníamos que desplazarnos en burra y andando 32 kms. De ida y otros tantos de vuelta, lo que suponía 13 o 14 horas a través del Pinar y travesía de la Sierra de Costalago.

Los veranos, por lo menos 15 días, solíamos ir a veranear a Narros, siempre co­incidiendo con la recolección de los cereales. Ya hemos dicho que mi padre, gozaba trabajando en la siega, el acarreo y la trilla­ y a mis tíos Daniel y Andrea les venía como anillo al dedo aquella afición de mi padre, además llevábamos suministro para nuestro consumo, en estas condiciones era tener una verdadera "bicoca" tener un agostero como le tenían mis tíos con mi padre.

Mi madre acompañaba a Dña. Leandra, mujer de escasa cultura pero de delicadísimos modales. Era viuda de un militar, este Comandante la dejó viuda y sin familia y ella escogió aquel lugar y aquella familia­ sin hijos que eran mis tíos, para el resto de sus días. Tenía familia lejana en el ­pueblo, pero el tío Aquilino tenía muchos hijos y ella prefirió la paz de este hogar. Vivía su independencia era sumamente escrupulosa, poseía una gran paciencia y era muy dulce y agradable.

En mis postrimerías serranas, el ­año 29, tenía yo 11 años y mis padres decidieron que empezase a estudiar y me matricu­laron para examinarme de ingreso en septiem­bre en el Instituto de Soria, con la mala suerte de que suspendí y como era septiembre perdí un curso. De este suspenso no culpo a mi maestro, ni a profesores del Tribunal, ni a mis padres, ni a mi mismo, sin embargo me dejó un fuerte “amargor de boca”. Enfrentado de alguna manera con la vida, yo, como ya he dicho me había creado un complejo de timidez y de inferioridad a consecuencia de mi tartamudez, que estoy convencido que fue la principal causa de mi fracaso y que había de in­fluir mucho en ulteriores ocasiones. Al año siguiente y en junio nueva intentona y no digamos con miedo sino con pánico, aprobé, pero era tal el temor que llevaba que no me dejó saborear la alegría de aquel aprobado. Pasó el verano y para septiembre ¿dónde? Yo había cogido miedo a Soria, por otra parte otros dos de Quintanar Delfín Bartolomé y Heliodoro Medrano iban a estudiar a Aranda y­ aquí se hizo el traslado de matrícula.

Para mi Quintanar simboliza a pe­sar de todo, un rinconcito del Paraíso Terrenal, aunque no se conjugue bien con aquellos encadenados y originales dichos sobre la zo­na serrana: Canicosa, mala cosa; Regumiel, mala piel; Vilviestre, mala peste, Quintanar mal hogar, dichos sin sentido pero que tanto se pegaban al oído. ­

Y antes de cerrar el capitulo de Quintanar, haré o completaré, como dirían ­los franceses "le portrait" de mis hermanos y especialmente de Gaudi. Los tres hermanos éramos muy distintos, era natural; Lucio era Cebrián, Gaudi Millán y yo Herrero sin em­bargo era una fraternidad armónica, repito que Lucio era el hermano mayor, en toda la extensión de la palabra, Gaudi a quien yo ­llamaba ”mi chacha" hasta bien entrados los 9 años y después durante muchos años la llamaba Dosia; el decir que era Millán era decir buena moza, guapa y tranquila. Era el ­momento de su pubertad y adolescencia lo que le daba ese carácter de rebelde y desobediente hacia mi madre, de la que de todas formas era muy distinta y había poco entendimiento, Nos peleábamos mucho, pero no nos acertába­mos si no íbamos juntos a todas partes. Yo me pegaba más a las faldas de mi hermana que a los pantalones de mis amigos. No le tiró mucho el estudio, pero tenía bastante habi­lidad para las labores y la música, ella también era miembro-aprendiz de la rondalla de la Sociedad de Padres de Familia.

Yo seguía siendo el charlatán y un poco el chivato de mi hermana y el agen­te informativo de lo intrascendente en ca­sa. Mi desarrollo seguía siendo muy tardío.

En septiembre de l.930, íbamos los tres estudiantes a Aranda. A mi me acompañaba mi padre por ser el pipiolo de la cuadrilla o mejor dicho del terceto. Todavía volvería a pasar las Navidades 1.930-31 para definitivamente salir el 7 de enero de 1.931, para muchos años.

Pasarían como el que no quiere la cosa, nada menos que ¡37! años para volver a Quintanar. Sin embargo siempre se mantuvo viva la llama del recuerdo a lo largo de tan extenso período de tiempo y la ilusión y el deseo que nunca llegaba de volver a correr, o ya visitar los parajes de mi infancia.

Allí quedaba un cúmulo de ilusiones y recuerdos imborrables de la infancia que llegaron a convertirse en recuerdos de viejo, pero de viejo ilusionado.

domingo, 24 de mayo de 2009

quintanar III

En este sentido a mi padre, en los años 70,­ se le hubiera considerado un gran tacaño, si no se sabe distinguir la sociedad del ahorro de los años 20 con la sociedad de consumo de los 70. Puedo certificar, que mi padre sabía alternar, no tenía vicios, pero era socio ­del café, donde echaba su partida de mus, subastado o tresillo. Conocía gran parte de España y, podría decirse, que fue un pionero del turismo interior. El año 28 llevó a Burgos a mi tía Andrea (la hermana de mi padre de Narros) a ver el famosísimo Circo Krone alemán que estaba considerado como el mejor circo del mundo; el año 29 se fue con mi madre a ver la inauguración de la Exposición Ibero-Americana de Sevilla, donde tuvo ocasión de ver al rey de España Alfonso XIII. ­Otro viaje dio lugar a un anecdótico suceso, fueron mis padres a las fiestas de San Juan a Soria y nosotros Gaudi y yo nos quedamos ­en casa de Manuel el sastre y jugando a "las mamás", yo hacía de enfermo y otro de médico que me visitaba y me recetaba. La farmacia ­era el porrón de vino, entonces me traían la medicinal bebida, que para que la semejanza ­del juego fue se más real me lo traían en ­frascos de distintas medicinas total que agarré la primera “melopea” de mi vida, con el riesgo de una intoxicación, por los frascos de medicinas. Al regreso de Sevilla, mi madre ­tuvo un accidente relativamente grave ya en la ciudad de Soria: y en la plaza de la Leña que en principio atribuimos a sus famosos y citados mareos. Se cayó de la burra y se hizo una brecha en la cabeza, concreta­mente en la nuca, pero afortunadamente, se­ pasó el susto sin grandes complicaciones. Aquellos mareos no dejaban de preocupamos pensando que alguna vez sucediese lo peor.

Otra de las ocupaciones de mi pa­dre no dicha hasta ahora, era la de presta­mista, ocupación no muy bien vista, aunque­ es para reírse de aquellos “elevados intereses" comparados con las pingües ganancias de los negocios de los años 70 u 80 o de las multinacionales, o de los mismos jornales ­de la economía sumergida, sin embargo llevaban fama de judíos; lo cierto es también que, gracias a sus préstamos salieron nego­cios florecientes dentro y fuera de Quintanar que a muchos benefició.

También hubo sus problemas ¿cómo no?, pero estos los percibía yo muy ligera­mente, no era mi edad de problemas. A pesar de todo algo me hace ver en la lejanía de ­los tiempos, que en la política local, había marejada contra los forasteros. El Ayunta­miento daba la suerte de pinos a cada veci­no, siempre que fuese hijo del pueblo o llevase un determinado número de años de residencia y adquiriese la vecindad por algún ­derecho especial, como el de funcionario.

Esto dio lugar a que se creasen dos parti­dos: los nativos y los forasteros. Estos se unieron y exigieron la suerte de pinos, que se la negaba el Ayuntamiento, incluso a los que tenían ya el derecho adquirido, entonces los forasteros e levaron el caso a los ­Tribunales y ganaron el pleito. Lo s nativos seguían teniendo la sartén por el mango y los forasteros, a pesar de ganar el pleito, tuvieron que sufrir una especie de claudicación, pues les dieron lo que habían, tan legalmente ganado, en lo más inaccesible del­ pinar, donde prácticamente no se podían aprovechar. Había un ambiente caciquil, propio ­de pueblos que han rebasado la categoría de aldeas. Como más destacado y antagónico de ­mi familia era el Cachavitas, era natural, ­él era por su posición de comerciante y con­cejal muy influyente y por el momento era el hombre fuerte del grupo indígena y a quien ­en una ocasión tuvo que enfrentarse mi hermano Lucio por escapársele la lengua un tanto injuriosamente hacia mis padres. El líder de los forasteros u oposición, como diríamos ­hoy, era mi padre.

Yo, como todos, iba por aquellos ­años, creciendo y haciéndome mayorcito, aun­que fuese a cámara lenta y haciendo honor a mi apelativo familiar de Felisín. Nacía en ­mi una gran afición a la Geografía; mis ner­vios hacían acto de presencia y era muy charlatán, muy inquieto y muy soñador. Respecto a lo primero, recuerdo que Ticiana en su tosco lenguaje solía decir siempre "haiga" y yo, que también lo decía, hecho un sabeloto­do la decía "se dice haya" unido a esto o­tras intromisiones mías daban lugar a que mi madre exclamase !parece mentira que te cues­te tanto hablar y que hables tanto! Todavía no se me había despertado la vocación turís­tica o al menos no se había manifestado, aunque algo vería mi padre, cuando sin ser el preferido me propuso un viaje a Burgos, al ­que yo renuncié porque encontraba difícil solución a la cuestión de los servicios higiénicos en Burgos, ante mi peregrina oposición hizo mi padre la propuesta a mi hermana que aceptó sin dilación. El calendario me lo ma­nejé pronto muy bien, recordaba perfectamen­te todas las fiestas fiestitas y cumpleaños familiares. Conocía todos los parajes y alrededores del pueblo y me gustaba mucho coger grillos y acederas en el prado.

En Quintanar no faltaban fiestas. Después de Año Nuevo y Reyes venía San Se­bastián, que si bien solo eran fiestas de ­cofradía eran muy ruidosas y animadas y abarcaban a gran parte del pueblo, empalmadas, por lo mucho que se prolongaban las de la cofradía, seguían Las Candelas, San Blas y san Blasito con sus correspondientes apéndices que casi se juntaban con los Carnavales y hartos de bailar llegaba la Cuaresma, más para descanso que para penitencia. En primavera y para estrenar el mes de mayo se celebraba la Romería a la Virgen de Revenga, ermita que equidistaba de los tres pueblos del mayorazgo Quintanar, Canicosa y Regumiel que se turnaban para la organización y celebración de la fiesta. Era una romería concurridísima pese a los rudimentarios medios ­de comunicación de la época y la situación aislada de las carreteras importantes, no ­era raro ver gente de Bilbao, Madrid, Zara­goza, etc., aparte de la concurrencia del ­contorno y de las ciudades y provincias de Burgos y Soria. Posteriormente por la habi­tual inclemencia del tiempo en esas fechas en la Sierra se trasladó la fiesta al últi­mo domingo de Mayo. Las fiestas de verano eran San Cristóbal, el patrón titular de la­ parroquia y del pueblo y otra fiesta que, con pujos de feria, también era muy anima­da, podríamos decir que la fiesta de los ­veraneantes, que siempre los tuvo Quintanar era la de Santiago, a esto ni que decir tiene, que se sumaban las muchas fiestas que ­entonces había religiosas y nacionales, co­mo detalle diré que se celebraba el Santo y el cumpleaños del Rey y fiestas nacionales de acontecimientos centenarios.

Los alrededores del pueblo son muy atractivos en verano. Su belleza natural in­vita a subir a las lagunas Negra y de Urbión, a Fuente Sanza, nacimiento del Arlanza, a la piscifactoría, al Pico de Urbión, etc. Los ­caminos por aquella época eran solo posibles transitarles en caballerías y en el “cochecito de San Fernando”. Estando nosotros allí; por el año 28 se organizó una excursión-escalada a la Laguna Negra. Íbamos la mayor par­te de los funcionarios y algún guía conoce­dor del terreno. Se preparó comida y un con­voy de caballos y mulos. Un episodio para el relato fue que, concediéndome mi padre el capricho de montar a caballo, nos dejó uno, para mi hermana y para mí. Yo a mis 9 años quería presumir de jinete y llevar yo solo el caballo. Íbamos por el Collado arriba cuando sucedió un pequeño percance, pequeño visto a lo largo de medio siglo; embebido en mi infantil vanidad !no era yo nadie conduciendo mi montura! Cuando pasando junto a un pino ­que tenía una rama horizontal a la altura de mi cuello, entonces mi azoramiento ante una cosa tan inesperada, mi falta de pericia y lo espontáneo de la situación hizo que fuésemos derribados, aunque no caímos al suelo, gracias a la agilidad de mi padre. Ya en la Laguna Negra admiramos su belleza natural y desde la Cumbre de su ladera frontal 0bservamos con unos prismáticos la provincia de ­Soria y puedo decir que aquí nació mi voca­ción turística, aunque podría decir que es­to ya lo llevaba en la sangre heredado de ­mi padre.

Vamos terminando la tercera década del siglo XX; los años 20, los tiempos del cuplé, los del soldadito español, los de la Java, los de la habanera, el tango, los colores de la banderita española; al finalizar la década que celebrarán esas dos maravillosas exposiciones; la Internacional de Barcelona y la Ibero-Americana de villa, manifestaciones de la pujanza del resurgir español y termina la Dictadura de Primo de Ribera.

Un acontecimiento familiar abre los años 30. El día 9 de julio de 1.930 con­trae matrimonio mi hermano Lucio con mi cuñada Carmen en la Iglesia de San Lesmes de Burgos. Carmen era también maestra, aunque no había ejercido nunca, había nacido en Orbaneja del Castillo (Burgos), tiene un año más que mi hermano. En principio es una joven a­graciada, tímida, sencilla, guapa y agradable. Así vi yo Burgos por primera vez, aquel Burgos de los 30.000 habitantes, que tenía ­las escombreras de la ciudad en lo que hoy ­ocupa el Hotel Condestable y el Gobierno Ci­vil actual. Los cuarteles estaban fuera de la ciudad, hoy es una bellísima y céntrica zona residencial. Mi hermano ejercía, a la sazón, en Zangandez, pequeño pueblo de menos de 10 vecinos del partido de Villarcayo y próximo Trespaderne y Frías y­ en la boda hizo de testigo eclesiástico y bendijo la unión matrimonial D. Remigio, cu­ra de Zangandez, joven y muy amigo de Lucio. El banquete se celebró en el Hotel Ávila.

A pesar de que Lucio era hermano de padre, que por estudios y mili no hubiésemos tenido mucha convivencia, siempre nos hemos sentido auténticos hermanos. Mi madre nunca­ hizo distinción entre los tres hermanos, si no eran aquellos mimitos que mi madre tenía con el pequeño...

sábado, 2 de mayo de 2009

QUINTANAR II

Claudia pidió a una vecina una hoz para ir a segar un poco de hierba para los conejos. Se cogió el mantón, donde ocultó la hoz y, cambiando de rumbo, se dirigió hacia casa de Germán a la hora que él dejaba el trabajo y solía estar un rato a la puerta de casa, eran las 7 de la tarde cuando llegó Claud1a a su altura y sacando la hoz, le dio un tajazo en el cuello de cierta consideración, entonces él, sangrando entró en casa, cogió una pistola y la persiguió a través de la calleja del comercio de Antidio Bartolomé, dándole alcance delante del comercio nuevo donde la disparó tres tiros y derribándola la pisoteó, por no poder disparar, más, ya que se le había encasquillado el arma, y acto seguido él mismo se presentó en el cuartel de la Guardia Civil. A pesar de todo ello, cumplido el tiempo reglamentario nació el niño normalmente.

En el Cerro vivían otras amistades de mi madre, para mi de origen desconocido; la Sra. Wenceslada familiares de mi compañero Félix 0lalla, entre los varios hijos, tenían una Serapia de mi tiempo, con la que yo me sentía maestro y en nuestros juegos cuando jugaba con ella ejercía siempre el papel de profesor. Otra buena Sra era la Sra. Inocencia. Y sobre todo había una que merece mi especial simpatía, ésta era Dª Agustina, madre de D. Paco, el médico. Era una señora delicadísima y de Unas formas sociales muy elegantes, pese a su avanzada edad. En su casa solían jugar la partida de "julepe madrileño” los domingos y fiestas, D. Agustina , Dª Julia, Tomasa (la civila) y mi madre. A mi me gustaba que mi madre me mandase algún recado a casa de Dª Agustina, porque siempre me daba algo, nunca dinero, pues decía que eso era fomentar el vicio y hacernos gastadores. Si no tenía dulces en casa, mandaba a la criada a comprarlos, pero nunca me iba sin el obsequio.

Otros funcionarios eran D. Amando el Veterinario, los boticarios, uno de los hijos era el popularísimo "Chato" y una hija llegaría a casarse con D. Paco. Con este motivo y entonces empecé yo a oir aquel acertijo tan popular y en este caso, tan real: "Elboticario y su hija, el médico y su mujer, se comieron nueve huevos y les tocaron a tres”. Y finalmente citaré a los sacerdotes; primero D. Nicolás y después los hermanos D. Adolfo y D. Juan Manuel. A los 10 años iba formando mi peña de amigos y compañeros de escuela. Entre los primeros estaba Pedrito, vivía en la Roza, tenía una perra, Que en una ocasión, teniendo perritos fui a buscarle y la perra me corrió con el consecuente susto por mi parte por haberme acercado a ver los cachorrillos,pues a mí me gustaban mucho los animales siempre que no enseñasen uñas o dientes. 0tro amigo de mi infancia fue Eduardo, con el que me juntaba y soñábamos despiertos al unísono. Era algo mayor que yo, pero muy pequeño y con la cabeza deformada a cosencuencia de un accidente que había tenido de pequeño. Tenía dos hermanas y un hermano todos mayores que él. Su hermano Felicísimo muy bien presentado era uno de los "mayores" de mayor simpatía, poco tiempo después de salir de la escuela marchó a América. Otro amigo era Eulogio del cuartel y aunque más pequeños que yo, pero muy unidos por los estrechos vínculos de amistad que unían a nuestras familias eran Goyo y Gonzalo.

Por aquél entonces, afloró una idea, que no sé de quién salió, pero que cuajó y se hizo realidad; fue la creación de la sociedad de Padres de Familia. Tuvo muy buenos principios. Entre los formadores estaban los hermanos sacerdotes D. Adolfo y Juan Manuel, el otro D. Vicente Martínez, el Veterinario. D. Amando, el médico D. Paco, mi padre y otros señores. Esto era el año 29. Montaron una academia de música, el Centro Social con dependencias recreativas, Biblioteca, radio, etc. Las actividades eran complejas, se prepararon algunas obras escénicas, de las que todavía tengo pegadas algunas letras y tonadillas de una zarzuela que se representó. Se formó una banda de música por partida triple, es decir en sus tres categorías. Los mayores formaban la auténtica banda en número de 27 o 28; los aprendices o aspirantes, eran adolescentes podríamos decir Que formaban la 2ª división, y por último los pequeños o pipiolos éramos los niños. También se creó una rondalla de cuerda también en las tres categorías. En los instrumentas de viento u orquesta yo tocaba la flauta travesera y en las de cuerda o rondalla, la guitarra, en ésta con la dificultad de alcanzar con mis menudos dedos a los trastes y en la flauta con esa dificultad del soplo en vertical. El profesor de música era uno de los dos personajes más típicos de Quintanar por aquel entonces, era Mauro, el ciego. Era una verdadera institución en el pueblo, donde él se manejaba perfectamente, a pesar de su invidencia. Era el profesor de música de la Asociación, el Organista de la Iglesia, el pianista del casino de abajo, o sea de Avensaid y por supuesto Director de la Banda. El otro personaje, verdaderamente institucional era el "Pipe" (Felipe), el alguacil pregonero que con su típico y acompasado redoble del tambor anunciaba lo oficial y lo particular con elocuencia digna de los alguaciles reales del Renacimiento. Ambos personajes no se habrían de hacer muy viejos.

Ya he dicho cómo era mi padre, pero es tanta la admiración que yo he sentido por él, que quiero reforzar esa imagen. Aunque espíritu lego, poseía Una prestancia, un don de gentes y una deportividad, que le permitían codearse con la flor y nata de la sociedad le su entorno. Si es verdad que era un "aviador" pero con un aire y con una dignidad, que lo mismo hacía una cama, un cocido o una compra, que presidía una junta o asamblea o presidía una delegación para ir a hablar con el Gobernador. Hombre de zapato, que en aquella época era decir algo, de pantalón planchado, de corbata, de capa y de sombrero y las vestía estas piezas con tal estilo y prestancia, que ahí estaba su "Don”. También he dicho que era un tanto inconstante, pero con la suficiente eficiencia como para poder decir que nuestra situación económica desahogada que entonces disfrutábamos se debía más a los negocios de mi padre que al sueldo de mi madre. Era un hombre que nunca se veía inactivo. En Hontoria tuvo sus negocios ganaderos: en Quintanar tuvo almacén de trillos, después de piensos; todavía me acuerdo de los precios: el trigo y los yeros de 20 a 22 ptas. la fanega (43 kilos), la cebada temprana a 16 ptas., 14 Y 15 la cebada lahilla o tardía y entre 12 y 13 ptas. la avena.

Mi padre tenía sus cuentas en los bancos de Soria y con este motivo tenía que hacer los ingresos allí, que por cierto era un verdadero acto heroico. Cuando reunía, el dinero suficiente de diversas ventas y tenía que ir a Soria con ¡500; 2.000 o 3.000! ptas. tenía que ir de noche a coger el coche a Duruelo de donde salía a las 7 de la mañana y para ello tenía que atravesar el cerrado pinar a través de 13 kms. de una mala carretera con esos "capitalazos" y…por supuesto, con su revólver, imprescindible para cumplir tan peligrosa misión. Mi padre estaba autorizado para el uso de armas por pertenecer al Somatén. Nuestra posición económica, no es que fuese opulenta, pero sí desahogada, lo que se podía decir, una ventajosa clase media, conseguida a base de trabajo y ahorro.

jueves, 23 de abril de 2009

Primera etapa - capitulo 2

LA NOSTALGIA DE UNOS PADRES II
QUINTANAR DE LA SIERRA
(1 de septiembre 1923 – 15 de septiembre de 1930)

Era un año histórico en España. Se implanta la Dictadura de D. Miguel Primo de Ribera; pero la verdad es que en mis pocos años, no percibí el aroma, ni los efectos de este hecho. Yo, como he dicho, pegado a las faldas de mi madre y con nosotros el resto ­de la familia arribamos a la "Perla de los ­Pinares”, (nombre poético con que se designa­ a Quintanar). Protocolo oficial; yo, entre ­viaje, idas y venidas por el pueblo, solo recuerdo que al caer la tarde, cogí una "perra" con la pretensión de que quería ir a casa, pero, claro es a la casa de Hontoria. Creo que este fenómeno es tan natural como el día y la noche.

Mi primera época fue de adaptación, que no debió de ser difícil, pese a mis berridos de protesta en la tarde del primer ­día. Por otra parte me parece que he sido muy adaptable en los cambios de ambiente.

Aquí, en Quintanar, habría de pa­sar mi infancia escolar de los 5 a los 12 años o sea mi vida escolar.

Al principio fui con mi madre a la escuela. Todavía recuerdo una broma de mi madre, que a mí me produjo otra perra “de padre y muy señor mío". Debo decir, en honor a la verdad, que he sido bastante llorón, entre muchos de los defectos que tengo. Vivía en Quintanar una familia procedente, también de Hontoria, el padre que ya no vivía había sido Guardia Civil, con quienes nos unía una amistad, por razones de procedencia. Eran varios hermanos y sus nombres se mantienen en mi memoria, a pesar de los años; quizá el carácter bíblico de esa nomenclatura favorezca en este caso mi facultad mnemotécnica, estos eran: Sira, Isaías, Nati, Ismael, Eliseo, David y Ofelia, este era el orden por edad.

Su padre ya he dicho que había fallecido y a la sazón también su madre. Vivían en una casa, Que hace esquina, frente a la iglesia; pues bien, un día mi madre me mostró un retrato y me dijo que era la Virgen ­y que la besase, acto seguido me dijo que era la pequeña Ofelia que era de mi edad y no digo el pataleo que armé, subí a casa que estaba en el mismo edificio de la escuela y no había quien me consolase de aquel "terrible pecado" de haber besado a Ofelia en un cartón. También tengo que aclarar que aquella broma de mi madre, fue verdaderamente insólita, ya que no era capaz. de mentir ni en broma.

Quintanar con sus 2.000 habitantes solo tenía dos escuelas nacionales y ante la exagerada matrícula, e1 Ayuntamiento te­nía una municipal de niños, que descongestionaba la nacional de niños, pero que mi madre seguía con más de 100 niñas. A la Municipal íbamos de 6 a 9 años y esta estaba en la plaza del cuartel. Cuando me tocó por edad, es decir el segundo año, fui a ella y tuve varios maestros: primero al Sr. Ricardo que era un empleado. del Ayuntamiento, a mi propio hermano Lucio y a Dñª. Tomasa Medrano de la familia de los Pirlos. De los dos primeros sé lo que he dicho, Que el primero era un señor del pueblo y que mi hermano ­era mi hermano. Fue Dñª. Tomasa la Que mayor impacto dejase en mí, aunque este recuerdo no fuese muy grato. Yo no sé definir exacta­mente la causa, pero fui mal escolar con ­ella. Quizá la: sensibilidad de un niño no sea un testimonio muy objetivo; pero sus ­castigos se me hacían demasiado duros, por lo que yo no quería ir a escuela ni atado, para mi fue una auténtica tortura aquella ­escolarización. Dª Tomasa era de la edad ­de mi hermano y yo intuía que el alternar entre ellos y sus re sultados, mi imaginación captaba una posible amistad frustrada, qué sé yo, pero me sentía pagano de algo que quizá ni existía. Algunas veces pienso que visto desde hace tantos años, pueda ser una barbaridad lo que estoy relatando, pero si he de ser objetivo y veraz digo lo que en­ aquel momento pensaba y sentía, pese a la poca madurez de discernimiento que podría haber en mi. Si esto lo leyese Dª Tomasa, no tendría inconveniente en pedirle perdón, si hacía falta, pero escrito se quedaría.

Pronto me olvidé de Hontoria y me hice un auténtico quintanariego. El pueblo y sus alrededores era el feudo de mis jue­gos y correrías. Amigos y sobre todo familia eran el todo para mi.

Profesionalmente, encontramos unos compañeros (de mi madre, por supuesto) fenomenales, D. Vicente Martínez, que más adelante, cuando cumpliese los 9 años había ­de ser mi maestro y su esposa Julia Diez personificación ideal de la mujer perfecta que nos narra la Biblia. Vivíamos en el mismo piso sobre las escuelas, ellos en el derecho y nosotros en el izquierdo. Era un matrimonio joven; la madre de D . Julia también se llamaba Felisa y cumplía los años el mismo día que mi madre a la que llevaba un año. Vivían muy bien., pues ambos procedían de familias ricas de Quintanilla Vivar; te­nían una gramola de manivela y muy buenos ­muebles. Antes de ir nosotros habían tenido ­una niña, Julita, que se les murió y a la que no conocimos; estando nosotros tuvieron otros cuatro hijos con los que nos íbamos encariñando como si fuesen hermanitos nuestros.

El primero fue Bernardino Gonzalo, al que yo llevo solo siete años, hoy es Padre Jesuita, investigador de Historia y Profesor de Historia, del Derecho; después fue Julita a la que tanto quería yo, que cuando se la lleva­ran a Madrid a los dos años con una tía y por bastante tiempo cogí una de mis habituales perras, hoy está colocada en Vigo, no se ha casado y atiende a su anciana madre. La ter­cera fue Mª. Enedina a la que apadrinaron mis padres en su bautizo y que murió antes del año, nuevas cataratas de llanto que ni la bondadosa resignación de Dª. Julia podían contener, y la cuarta fue Pili que se hizo religiosa, aunque posteriormente y después ­de 16 años retornase a su vida seglar, Dos ­más habían de completar esta maravillosa familia: Felisa que nació después de marchar ­nosotros y que actualmente lleva una Administración de Lotería en Vigo, también soltera ­y conviviendo con su madre y su hermana Julita, y por último el más joven Juan Antonio, el único casado con una canadiense y ejercien­do su carrera de Ingeniero en Canadá.

Acontecimiento cumbre fue mi Pri­mera Comunión. En la parroquia de San Cristóbal, única en el pueblo, el día 26 de mayo de 1.925, festividad de la Ascensión.

Debió de ser sencilla, como se hacía entonces, sin recordatorios, banquete ni fotografías y con un traje sencillo. La preparación debió de ­ser buena, pues la fe arraigó tan profundamente, que siempre me he considerado un con­vencido católico. Mi madre supo regar esta ­planta y mantener viva la fe.

Respecto a la personalidad e idiosincrasia entre los dos hermanos (Gaudi y yo) había grandes diferencias. Mi hermana había salido a mi padre y yo a mi madre; esto dio ­lugar, siendo dos que esta afinidad se mani­festase por los mismos padres, así yo era el preferido de mi madre y Gaudi lo era de mi ­padre. Sin embargo, creo que ninguna de las partes era motivo de descontento o de celos, sino que por el contrario nos conformábamos con esta situación y la veíamos tan natural. Mi madre rezaba diariamente el Rosario y yo la acompañaba gustosísimo; mi her­mana, si lo hacía, era un poco a la fuerza, y todo era cuestión de la afinidad anterior, posiblemente si el que rezase el rosario fuese mi padre, lo habría hecho con más gusto mi hermana que yo, pero lo cierto es que la circunstancia dada favoreció el desarrollo de mi fe, y quizá debilitó el de Gaudi. Pues bien, yo preparaba altarcitos en cajones con estampas y velitas para el citado rezo. Enseguida fui monaguillo, aunque a decir verdad los latinajos de ayudar me reventaban.

Otras amistades influyentes en la familia eran Marcelino y Tomasa, el Guardia civil y también procedentes de Hontoria. No tenían hijos, pero tenían un sobrino, al que criaron y educaron y con el que yo unía bas­tante bien, aunque era menor que yo, era Goyo y los y los tres vivían en Burgos por la década ­de los sesenta. Otra buena amistad era el ­Sr. Felipe, Guarda Forestal, padre de mi amigo Palmiro, algo mayor que yo. Aquí puedo relatar una curiosa anécdota. Este Sr. Felipe tenía un huerto en la Roza y un día, que había llovido, estaba yo con otros niños, ­haciendo presas en una pequeña acequia, junto al huerto del Sr. Felipe y al hacer nuestra labor con céspedes y con piedras, como ­me saliese mal una y otra vez, nervioso solté una blasfemia, que se me escapaba con bastante frecuencia (injuriaba a la patena), me oyó desde su huerto el Sr. Felipe y en ­forma admirativa y enfadada dijo: ¿Quién es ese? Yo me marché volando. Él sabía quién ­había sido, pero disimuló o al menos eso me pareció a mí. Por la noche yo le preguntaba a mi madre, que si era pecado decir aquello que a mí se me escapaba con tanta facilidad, aclarado el asunto no se me ha vuelto a escapar la blasfemita en cuestión.

Había también algunas amistades ­que se remontaban a tiempos de mi abuelo Dionisio que ejercía "in illo tempore" en Cana­les de la Sierra, cerca de las Viniegras en la Sierra de Cameros de Logroño, como eran la Sra. Elisa, la Sra. Inocencia y la familia­ de los Picholos. Por alguno de los nombres, que aparentemente resulten malsonantes, habrá que tener en cuenta que en Quintanar existían mucho los apodos, Así yo nunca su­pe cómo se llamaba el tío Picholo que, por otra parte, podríamos decir que era un per­sonaje de cierto relieve, además de ser co­merciante era el padre del gran poeta Conrado Blanco que llegó a ser empresario de los teatros madrileños Larra y Goya. Entre estos apodos, podría decir que muchos, a título de curiosidad, aparte del ya citado estaba el tío Cachavitas, el Tío Juanón, el tío Picheles, el Taconeras, el Roñas, el_Chevos, El Chato, los Chapules, etc. ­

No era de extrañar que en un niño, como yo era de acusada sensibilidad y ner­vios a flor de piel, hubiese .dos cosas que­ me afectasen muy especialmente y que influían grandemente en el miedo infantil: las ­muertes espectaculares entre las que recuerdo la de la Sra. María, esposa del tío Picheles tan hinchada en el momento del entierro y dramatizando él la escena desde el balcón de su casa, en el momento del sepelio; otra fue el ahogarse un chico de la escuela en un pozo de las proximidades del pueblo y la tercera fue la muerte de la tía de la Pitu­sa, mujer esta muy llamativa; fue un suicidio que lo consiguió a la tercera intentona en una presa del río Arlanza a lo largo de­ una semana, y que en el entierro iba la citada Pitusa muy llamativa para aquellos tiempos y lugares, otra cosa que me producía verdadero pánico eran los incendios, sobre todo los nocturnos y que debido a la abun­dancia de madera y además de pino sin sangrar que se prodigaba en la construcción y de ahí que los fuegos fuesen harto frecuen­tes en todo tiempo.

Yo adaptado pero sin amistades ­fijas, era una especie de mascota de las chicas mayores que iban con mi madre, me mimaban y para todas era el Felisín.

A consecuencia de los mareos que le daba a mi madre, desde el nacimiento de ­mi hermana, el exceso de matrícula y de lo gastada que estaba la naturaleza de mi ma­dre, hubo de dejar la escuela, con una susti­tución oficial y entonces nos trasladamos a vivir a una casa que nosotros estrenamos en el barrio de El Cerro y casi a la altura de las campanas de la Iglesia. La casa era del Sr. Saulo, para aquellos tiempos era estu­penda en todos los aspectos. Tenía planta ­baja, piso y desván un jardín con 22 ciruelos, un guindo, tres limoncillares, dos groselleros, que nosotros llamábamos parras de uvas de San Juan, la fachada de la casa que daba al jardín estaba repleta de crisante­mos y dos rosales; también había un pozo y dos cobertizos, también en el jardín, uno ­para cuadra de las cabras y el otro un rudimentarísimo servicio del que, dicho sea, casi no hacíamos uso. Recuerdo alguna curiosidad. En verano nos lavábamos en el jardín en una jofaina y un día según salía con la palangana de agua en la mano me enfrenté con una culebra grande y verde que reptaba entre los crisantemos. No hará falta describir mi susto. A los estridentes y sonoros gritos de mi nervioso carácter salió mi padre y con una azada acabó con ella, enton­ces muy ufano y decidido (creo que todavía con miedo) la llevé sobre la azada a las a­fueras del pueblo. También nos gustaba co­mer en verano en el jardín, pero lo que era francamente repugnante era el caer desde los árboles a veces en la mesa, las orugas, bastante grandes, que dieron lugar a prescindir del placer de comer en el jardín. La proximidad a las cuadras de las vacas del ­Sr. Saulo y a sus graneros y pajares; dio lugar a una auténtica plaga de ratas que costó mucho exterminar y no se consiguió ­del todo Y que hubo tiempo que no dejaban ­comer a las cabras. Por otra parte la casa ­tenía dos cocinas, la de abajo era económi­ca que, en aquellos- tiempos se podía consi­derar como el último grito; se daba el caso que, cuando el Ayuntamiento tenía alguna comida especial, llevaban los cuartos de cordero a casa para asarlos. No obstante como todas las cosas tenía sus peligros. La ­noche del 11 de febrero, festividad de la Virgen de Lourdes, de 1.928 pudo ser fatal en nuestra familia El tiempo es frío en la Sierra en esta época, y después de cenar mi hermana y yo nos pusimos a jugar a las damas sobre el fogón de la cocina y para que saliese más calor quitamos las arandelas de la plancha; mi madre después de recoger la mesa se puso a sacar solitarios, mientras ­mi padre escribía una carta. Mi hermana y ­yo nos dormimos placenteramente sobre los baldosines del fogón. Y mi madre dio muestras de mareos, distintos a los que sufría corrientemente. Entonces mi padre se dio cuenta de que él también se sentía molesto y nos llamó a nosotros que, por supuesto, no había ­medio de despertarnos, pronto se percató de que éramos los cuatro víctimas de una asfixia por el gas carbónico que salía libremente ­al estar quitadas las arandelas y que inundó toda la cocina tan fácilmente. Abrió, mi padre, la ventana del jardín y tuvo que acostarnos a los tres, uno por uno. Después­ supimos que aquel mismo invierno ya le había pasado otro día a mi hermano Lucio que estudiando de trasnochado, se dio cuenta a tiempo, salió al portal y allí cayó al sue­lo. El frío del pavimento de, cemento le sirvió para espabilarse. Lo cierto es que pudo suceder lo que no sucedió.

Mi hermano ya había pasado la mi­li, cuando se fue vivíamos en la casa de a­rriba, le había tocado a África; mi madre ­tenía una pena grandísima que se irradiaba en parte, a todos los de la casa. Esta suerte se consideraba un “coco”. El nombre de África en los sorteos de mozos se tenía como la mayor de las desgracias. Hay que te­ner en cuenta que, si bien era cierto, que la guerra había terminado, no era menos cierto, que había sido una lucha larga y sangrienta y las madres, no sin algo de funda­mento, bajo esos efectos de una Contienda tan reciente, pasasen verdadera angustia ­con ese motivo. Lucio se fue el año 25 y regresó a los dos años y medio con la natural alegría del regreso después de aquella mi­li que se nos había hecho eterna. Lucio vi­no si no de rey mago, por lo menos como un paje, trajo cerillas de madera y de colores, otras de cera y con cabeza de dos colores,
a Gaudi le trajo un echarpe, a mi una trom­pa aparte de dulces para todos y distintas clases de tabaco. Entonces, al regreso ya vivíamos en nuestra casa nueva de El Cerro. No tardó mucho en enfrentarse a los libros pa­ra preparar las oposiciones del 28.

Yo iba ya a la escuela de los mayores, a la de D. Vicente Martínez. Física­mente me criaba muy pequeño y quizá por esta razón mi cabeza debía de ser algo desproporcionada, de manera que en las riñas con ­los amigos y hermana me aplicaban el mote de "Cabezón", por otra parte ya hemos dicho la afición de motes y apodos en Quintanar.

Ya he dicho que era muy emotivo, a esto añadiré que de carácter nervioso y tímido. Empezó a vislumbrarse o mejor dicho a manifestarse una nueva tara; la tartamudez, tara ­que, contribuyó a crear en mi un complejo, que más, o menos acentuado, según las épocas y circunstancias me había de durar toda la­ vida. En la Escuela era de los "regulares de Ceuta". Íbamos más de 60. D. Vicente era un gran maestro, quizá no lo suficientemen­te "sargento" para imponer una disciplina a tono con esa matrícula excesiva. Ya se me manifestaba la gran afición a la Geografía, que me ha durado siempre; a los 8 años me­ sabía: los partidos judiciales de las 50 provincias españolas y los mapas eran mi mejor juguete. De los castigos de D. Vicente re­cuerdo uno, el de tres días consecutivos ­sin Comer por la conjugación de los verbos.

A los 12 años ocupaba una mesa biplaza, de ­las tres. que había, (lo demás eran bancos ­corridos con sus grandes mesas de tablón) ­,con otro compañero que también se llamaba ­Félix Olalla que vivía junto a la Cacera, y en honor a la verdad debo de confesar que era más aplicado que yo. Este compañero moriría poco después de la guerra a los 24 años. Otro intranscendente recuerdo escolar, es ­que un día salí a orinar y enredando con u­na botella me corté; es la cicatriz permanente, de la palma derecha de la mano, raíz del índice.

La nueva vecindad la formaban el dueño de la casa, el Sr. Saulo y sus dos hijas Victoria y Ticiana. Tenían unas 10 reses vacunas, tres de ellas para mí, muy populares dos vacas manchegas o pintas: la "Capitana" y la "Catalana" de bastante cuidado pues arremetían con facilidad y un buey man­so, el "Navarro", tan manso, que más de una ­vez me montaron en él las hijas del tio Sau­lo; tenían también cerdos, a los que cocían patatas enteras y también alguna vez entresacábamos las mejores del caldero. Se pelaban con mucha facilidad y con un poco de sal o sin ella constituían una golosina o un man­jar apetecido. También tenían cabras. Aque­lla casa era una verdadera granja dentro del pueblo y como guardián de todo, no podía faltar el "Malalma", que era un perrazo de un rojo claro, con su correspondiente carlanca, y por supuesto que no era de fiar y en cierto modo hacía honor a su nombre; ladraba poco pero… cuidado. Una vez mi hermana Gaudi, confiada en la buena vecindad le acariciaba, se volvió y la mordió en la mano. De estos ­perros había varios en Quintanar y hasta se les preparaba para la lucha en la trasera del Ayuntamiento junto a la antigua ermita de la Veracruz, Que constituía un verdadero espectáculo, sobre todo para los chicos.

Otros buenos vecinos, con los Que­ nos relacionábamos mucho eran Fausto (sastre) y Benita su mujer y sobrina de D. Tomás Gar­cía, Herrero, cura de Narros. Era un matrimo­nio joven. Tuvieron dos hijos, el mayor Er­nesto (Teta) siete años menor que yo y Bea­triz, para los que, sobre todo para Beatriz hice yo de niñera muchas veces Fausto era un entusiasta pescador y debido a la buena vecindad Que nos unía íbamos de vez en cuan­do a pescar a "Cañúcar", con este motivo nos dimos el gusto de cenar con cierta frecuencia cangrejos, peces y hasta ancas de rana.

Benita era hermana de Encarna que tanto estuvo en Narros con su tío y que tenía una voz maravillosa y era el orgullo de D. Tomás. Otra hermana era Claudia, que protagonizó un desgraciado suceso que causó en mí, como en todo Quintanar, grandes y pequeños, un impacto imborrable. Claudia había sido novia de Germán, un carpintero que vivía cerca de la fuente del Cerro, mozo que en mi casa gozaba de buen nombre y que yo también recuerdo con estimación, porque, además, hizo el reclinatorio de mi madre el año 28 y que después tive yo muchos años, como grato recuerdo. Pues bien, estos novios habían "partido las peras", ella había quedado con el fruto de un amor frustrado. En tal situación un día, Claudia pidió a una vecina una hoz para ir a segar un pocode hierba para los conejos. Se cogió el mantón, donde ocultó la hoz y, cambiando de rumbo, se dirigió... (otro día más)

lunes, 20 de abril de 2009

Primera etapa - capítulo 1

PRIMERA ETAPA:

LA NOSTALGIA DE UNOS PADRES
I
HONTORIA DEL PINAR
(24 de febrero de 1918 - 1 de septiembre 1923)

En un lugar de la alta meseta castellana, a caballo de las dos provincias de Burgos y Soria, que mucho años más tarde, por éste y por otras muchas razones, me ha­rían definirme como "un soriano de Burgos", en Hontoria del Pinar, vi la primera luz, no sin pocas dificultades y en medio de un peligro de sobrevivir por mi precario estado físico y mi diminuto empaque personal, a pesar de aquellos rudimentarios y eficaces baños en una gamella hasta conseguir que diese señales de vida. Téngase en cuenta que antes de llevarme a la iglesia, ya me había administrado el agua de socorro con intención de bautizarme el médico titular Don bernardo Santos.

Dios ha querido que, muchos años después pueda escribir estos detalles, que nadie los sabría ya que el que me legó esta información, fue mi padre, fallecido hace varias décadas, el 11 de octubre de 1944. ­Datos que convergen con aquellos que igual­mente me decía cuando yo tenía 20 años; que pocos me habrían superado en crecimiento y desarrollo relativo, pese a que con mis 60 kilos, no pueda presumir de ser un ciudada­no de “Gordinflonia”. Ratificando todo esto,
está el testimonio de mi madre, mujer diminuta, que me decía que mi pantorrilla de ­
nacido era como un dedo pulgar suyo. Enton­ces no se pesaba a los niños al menos en los pueblos, pero se puede asegurar que mi pe­so era inferior al kilo; es decir en este sentido, soy una especie de resucitado.

Así fue mi arribada a este mundo tan bonito a pesar de lo amargo, así empe­zó este sueño que se llama vida, así me a­somé a este valle de lágrimas, aunque no todas de acíbar. Dios lo quiso así, yo se lo agradezco. Por otra parte, la venida de los dos hermanos tuvo también un origen un tanto anecdótico, si no providencial.

Mi padre se casó en segundas nupcias con mi madre que tenía 5 años más que mi padre. Mi madre Felisa Herrero Millán, era pequeña, nerviosa, piadosa, trabajado­ra, prudente y discreta; mi padre era activo, emprendedor, aunque sin constancia, paciente, tranquilo, buen mozo, apuesto y hasta elegante, aunque era labrador; mi madre era maestra. Eran parientes cercanos, muy diferentes; sin embargo esas diferencias, no dieron lugar a discrepancias o yo nunca las vi y que yo ahora pretendo adivinar; quien sabe si la discreción de mi madre o la prudencia de mi padre evitaron la transparencia ante los hijos de algunas posible divergencias conyugales que, como digo, intento adivinar por lo lógicas; pero que pudieron no existir.

Estas diferencias bien pudieron acentuarse aI no conseguir familia, no por impotencia o esterilidad, sino, quizá por diferencias congénitas. Existían los preludios de un hijo y éste no llegaba. Es posible que antes de nosotros habría seis que ­suscitaron esperanzas, de ello s solo debieron de nacer tres y de estos solo una niña. Antonia Amancia, se aproximó a los dos años de vida, pero el día 11 de febrero de 1.911 se cerraba una vida y se apuntillaba una esperanza. Así llegó el año 1.914 y mi madre ­poniéndolo todo en manos del Creador, hizo una peregrinación al Santuario de Santa Casilda (Burgos), donde, según la tradición, arrojando una piedra desde arriba a la mini-laguna que hay al pie del Santuario, en el plazo de un año habrá un hijo. Así mi madre ­llena de fe y de piedad y de deseos d maternidad arrojó la piedra y... antes del año nacía mi hermana Gaudiosa. No fue todo de color de rosa, pero mi hermana era una­ realidad. A mi madre le quedaron unos singulares mareos que le habían de durar toda la vida.

Dos años y medio después nacía yo, en las condiciones narradas, Y a ambos tuvieron que buscamos sendas nodrizas; a mi hermana la Sra. Vicenta en Cidones Y ama de cura, la lactancia fue en nuestra casa, y a mi, mi madre Bibiana, que así siempre la ­llamé. Esto hizo que yo me criase, durante mi lactancia, en La Hinojosa, pueblecito de la provincia de Soria, agregado a Espeja de San Marcelino Y a 11 kms. de Hontoria Y aunque veía a mis padres con relativa frecuencia, la verdad es que no estaba en el hogar.

De esta época nada puedo recordar, pero el hecho de haber sobrevivido largo tiempo mi madre Bibiana Y mi madrina de Bautizo D. Petra Peñaranda, con las que he tenido un contacto, si no permanente, sí constante, me han transmitido vivencias de mis primeros años. Debo decir que estas dos mujeres, han cumplido fielmente con su compromiso y misión; la primera de madre de leche y la segunda de madre espiritual. Ambas matronas han influido sobre mi vida de tal forma, que de no haber existido para mi, yo creo que sería muy diferente al que soy. Mis padres colaboraron en todo momento a esta vinculación. Nunca se sintieron celosos y nunca vi en ellos la más mínima merma de su amor paternal. Todo se conjugaba y complementaba armónicamente. Mi padre me llevaba todos los años a la fiesta de San Juan a la Hinojosa y no solamente desde Hontoria, sino también posteriormente desde Quintanar. El medio de locomoción no era muy confortable pero !qué contento iba! era e un borriquillo que en Quintanar nos dejaba Manuel, el Sastre, para hacer nuestro “rallye” de más de 30 kms. Todavía recuerdo cuan do mi madre Bibiana me decía que de pequeñito me preguntaban que como me llamaba y yo contestaba: Felisín Millán “Herrerro”.

De Hontoria poco recordaría, si no ­fuese por ser paso obligado entre Soria, y Burgos. Sin embargo, remontándome a mis primeros años, vienen a mi mente los recuerdos de dos accidentes, que yo consideraría graves, pero que no debieron de serlo ya que de ninguno ­debió enterarse el médico. Uno fue con motivo de la recogida del ganado al atardecer y yo huidizo y alocado a mis tres años a cuestas, corrí de un lado a otro de la calle por donde pasaban las caballerías sueltas Y en mi volver tornar atolondradamente, fui atropellado por un caballo. El .susto debió de ser mayúsculo, ya que después de muchos años lo recuerdo con bastante precisión. El otro percance ocurrió en los cerros de la Fuente de "La Camarera" donde .sufrí una caída que a mi se me antoja, equivalente por lo menos, a un primer piso pero que quizá la realidad se aproxime más a la altura del asiento de una silla. También fue, al parecer, mucho más el, ruido que las nueces.

Aunque muy veladamente, tengo la i­dea de que mi madre, desde muy pequeño me llevaba a la escuela, una escuela vieja ­fea donde mi madre estaba al frente de más de 100 chicas, y este dato no está abultado por mi fantasía infantil. No habían hecho todavía el hermoso frontón actual y me a­cuerdo que se jugaba a la pelota en la pa­red de la iglesia, .delante de la farmacia. También sé que mi casa tenía dos puertas, una daba a la carretera y tenía tres escalones de entrada, después había un pasillo largo y por unas escaleras, antes de llegar a las habitaciones, se bajaba desde el pasillo a las cuadras y leñeras, y abajo tenía otra puerta que daba a la bajada de la Iglesia, El pueblo tenía dos barrios: el de la­ carretera o de arriba y el de la Iglesia o de abajo, tenía la ermita de San Roque y estaba circunvalado por el molino, el pinar al norte, el paraje de "Las Nieves" al oeste, la provincia de Soria al este y la sierra de Costalago al Sur, y hasta podría citar a algunas personas y vecinos, entre ellos, a mis primos Anatolia y Félix, que fueron un poco a la sombra de mis padres, y donde ­instalaron una sastrería y les nacieron también dos hijos, Aurora de la edad de Gaudi y Santiago algo más joven que yo; también recuerdo a los comerciantes familia de Grado a Teodoro Muñoz que tenía otro comercio frente a nuestra casa y pocos más. !Ah! Y ¿cómo ­no? también de las dos cabras que teníamos: "Rocera" muy mansa y "Guruguina" muy arisca y que ésta abortó, precisamente el día que yo cumplía los 5 años Y hubo Que sacrificar.

Años después, cuando yo leía "Horas de Vacaciones”, del P. Muiños, mi imaginación centraba las escenas que leía en aquellos lugares de mi primera infancia en Hontoria y más concretamente en la casa que vivía.

Sé que mi padre, pese a su calidad de "aviador" (de la casa) y debido a su dinamismo, en Hontoria, como a lo largo de toda su vida, estuvo en continua actividad, y ­allí tuvo cabras, ovejas y llegó a tener hasta más de veinte vacas. Entre sus muchas actividades, sin duda alguna, la de ganadero era la más específicamente suya.
Por entonces Hontoria, con una población aproximada a la actual, tenía dos escuelas. El maestro, compañero de mi madre, ­era D. Miguel Álvarez de Eulate, esposo de mi madrina. Allá en la lejanía, le recuerdo como un hombre jovial, muy bien presentado, con un estupendo sentido del humor y muy simpático. Dñª. Petra, su esposa, estaba ejerciendo en la provincia de Cuenca, y para juntarse con su marido en Hontoria, tenía que quedar vacante, la única escuela de niñas que había y, que a la sazón, regentaba mi madre. Nuestra amistad, era muy grande, no solo como compañeros, sino que .ya ve a de los padres de Dñª Petra: el Sr. Peñaranda y la Sra. Gre­goria, que fue nuestra primera nodriza, hasta encontramos a las "madres Vicenta y Bibiana", y mi madre no dudó en dejar vía libre para que se pudieran cumplir sus justos deseos de juntarse el matrimonio, para lo cual solicitó mi madre en el Concurso de traslados en el que nos dieron Quintanar de la Sierra. Este detalle de mis padres que .posibilitó juntarse el matrimonio Álvarez de Eulate-Peñaranda en Hontoria jamás lo olvidarían y fortificó los vínculos, ya muy fuertes, de nuestra vieja amistad.

Aunque mis pocos años impidieron ­asimilar con vivencias personales, ciertos ­acontecimientos familiares, no por eso se han de silenciar ya que son lo suficiente­mente transcendentes como para configurar ­mi vida de aquellos años. Entre 1.918 y 1922 fallecieron mis abuelos maternos en Hontoria, mi abuelo paterno en Narros y mi tío Leoncio en Madrid. Son sucesos que no se ajustan ni se apropian a una mentalidad infantil con el valor reflexivo que aplica un adulto.

Mi abuelo Dionisio Herrero, padre de mi madre, a quien le denominaban, según ­oídas, "el tío Patitas" por tener los pies ­torcidos hacia dentro y deformados. Era Maestro de escuela y había nacido .en el Cubo de la Sierra. Yo conocí más de ó0 años después de su muerte a un discípulo suyo, el padre ­del sastre Martiniano de Burgos. También en Hontoria está enterrada mi abuela Higinia, ­madre de mi madre. También el año 21 murió ­en Narros mi abuelo paterno Manuel Millán.

23 Años después, reposarían los restos de mi padre junto a los de mi abuelo y padre suyo. Mi abuela Juana había muerto unos años antes.

Pero quizá el de mayor transcendencia fue el óbito de mi tío Leoncio en Madrid. Era el ú­nico varón de los cinco vástagos, de mis a­buelos Dionisio e Higinia, cuyos cinco hijos fueron: Engracia, Severiana, Felisa (mi madre), Paca (de la que no supe nunca nada mas que el nombre) y Leoncio que era el más jo­ven y el que estaba al frente del negocio de Imprenta y Librería Herrero, que no ha mu­chos años montaran unos tíos en México. Estando el tío Leoncio al frente del negocio ­prosperó asombrosamente. Mi tío se casó con la tía Felisa, de cuyo matrimonio no hubo hijos. Él falleció muy joven y muy pronto y dejó un negocio floreciente y una golosa herencia. Lo importante radica, en que mi tío sentía una especial predilección por mi madre y por eso en igualdad de condiciones hubiera ­podido darse el caso, y muy probable, que el privilegiado habría sido yo, pero mi edad de tres años me incapacitaba, el negocio no po­día abandonarse y mis primos Escolástico y Donato, mucho mayores que yo a los que ya se les había llevado a la capital azteca previamente para colocarles con él fueron los afortunados "quinielistas" y los actuales millonarios. Eso son gajes de ser el "benjamín" familiar.

Mi tío Leoncio a sus 28 años dejaba una fortuna, en usufructo para la viuda la tía Felisa, que más tarde se casó con el médico, que yo conocí con el grado de Comandante médico. La "tía Felisa", aunque va entrecomillado no es con carácter agresivo o peyorativo, lo que pasa es que no la conocíamos y siempre la llamábamos entre nosotros así, y los pocos contactos que con ella tuvo mi familia fueron siempre muy correctos por ambas partes. Pues bien, la susodicha tía vivió muchos años, los suficientes para que aquella macroherencia del año 22 se convirtiera en una miniherencia en el año 1.970 que llegó a nosotros.

En Salas de los Infantes, ejerció mi abuelo Dionisio y allí vivía también mi tía Severiana y con este motivo Petra pasa­ría muchas temporadas en casa de mis padres, con sus consiguientes celos de mi tía Severiana que, a veces se sentía ofendida porque Petra decía que quería más a mi madre que a la suya.

Otro personaje, que tiene que sa­lir en el escenario de mi vida, y desde mis primeros años, aunque inoperante, es mi hermano Lucio. Era hermano de padre, ya que fue fruto del primer matrimonio de mi padre con Dñª Filomena Cebrián Perezcano, pues, como he dicho mi padre casó en segundas nupcias con mi madre. Lucio me llevaba 14 años y su intranscendencia radica en nuestros pocos años a pesar de la diferencia de edad. Con el interés natural de sus tíos maternos que quisieron darle salida o carrera, aunque dicho sea de paso, no estaban capacitados para esta misión, pese a sus buenísimas intenciones, se lo llevaron y después de unos años mal aprovechados volvió a casa para ser uno más en el concierto familiar.

A estos orígenes difusos, confusos y semiperdidos en La lejanía de mi vida podríamos llamar mi prehistoria personal.

Como complemento de Hontoria, narraré aunque sea brevemente, algo sobre la Hinojosa, pueblo de distinta provincia (So­ria) agregado a Espeja de San Marcelino y muy pequeño. No puedo precisar el tiempo ­que duró mi lactancia, pero si que este pueblín ha dejado un grandísimo e inolvidable recuerdo en mi.

La familia de mi madre Bibiana la formaban ella y su marido el Sr. Diego y tres hijos varones: Quinidio Nicolás y Roberto, éste dos años más joven que yo y al que más unido estaba. Por otra parte mi nodriza tenía Una hermana la Sra. Teodosia, a su vez casada con el Sr. Delfín hermano del Sr. Diego y que entre los varios hijos que tenían estaban Apolonio y Ele (Eleuteria), esta un año mayor que yo y por lo tanto tam­bién muy unidos. Vivían del campo y sobre todo de la ganadería lanar y la fiesta de San Juan la celebraban en casa del tío Delfín con una envidiable unión que más de una vez­ oí ponderar a mi padre. La fiesta resultaba­ animadísima, los pequeños íbamos a dormir al desván y más de una vez nos caímos de los ­camastros en los montones de trigo o cebada ­que almacenaban en el somero. Yo tuve allí muchos amigos desde pequeñito. En la gente ­veía mucha simpatía y cariño y mis delicias ­eran esperar con la mayor ilusión la fiesta­ del Santo Bautista. Para mí el mundo acababa en las pequeñas lomas que el pueblo tenía al Sur. Mi nostalgia por La Hinojosa no podía silenciarla.

No puedo silenciar a Narros, el pueblo de mi padre y sus antepasados, donde ­están nuestras raíces familiares, por lo tanto en cierto modo también mi pueblo. Mi padre, entre sus cualidades, que yo veía muy positivas; era un hombre progresista, no en el sentido político, sino en el sentido humano. A pesar de ser labrador, le gustaba mucho viajar, tenía un excelente don de gentes y por el hecho de estar casado con maestra, le daba la oportunidad y posibilidad de dis­frutar de un veraneo, que no lo tenía todo ­el mundo entonces y era un auténtico lujo; pues bien, los veranos íbamos a pasar un mes a Narros, no a la playa ni en plan de ocio, sino a ayudar en las duras faenas de la recolección del cereal a su familia, ya que entre otras de sus cualidades humanas era un ser muy familiar y a su modo y manera era una especie de patriarca familiar, de tal manera que el trabajo y el veraneo lo convertía en unas auténticas vacaciones de placer, ya que para mi padre el trabajar, el ser útil a los demás era un verdadero gozo. En Narros tenía a su hermana Elena y a su hermana predilecta Andrea, donde íbamos a veranear. Esa predilección se debía, aparte de su simpatía y compenetración personal y recíproca, a que la casona de "Los Quintanas" Que habitaba mi tía era de los dos hermanos y quizá otro factor determinante era el hecho de no tener hijos mis tíos. La tía Elena ocupaba un segundo lugar, debido además de los asuntos cita­dos a que estaba casada con el tío Tomás A­rancón a quien la gente por su genio avinagrado le llamaban el "tío Toledo", además estos tenían cinco hijos, ya en aquella época­ algunos casados. Sé que íbamos por nuestra ­cuenta, pero muy poco de aquellos veraneos ­del primer lustro de mi vida. Muy difusamen­te parece que veo como mi prima Guillerma atusaba el pelo a mi tía Elena en las postri­merías de su vida, en el balcón de su casa.

Hecha este, alusión a Narros, me o­bliga a dar una reseña de mis antepasados­ aunque sea en la sombra de lo desconocido.

Ya he dicho que era el "Benjamín" familiar pero no solo en la rama de los Herreros sino también en la de los Millanes, causa por la que no conocí o no recuerdo absolutamente nada de ninguno de mis cuatro abuelos. Mis abuelos paternos eran de Narros mis bisabuelos, descubiertos después de mi jubilación, creo que los cuatro de la rama paterna, también eran de Narros, mientras que los cuatro de la rama materna eran de distintos pueblos de la provincia de Soria, (Cubo de la Sierra, La Losilla, El Royo y San Andrés de Soria)

Por fin llegó el verano de 1.923 y a mi madre la dieron en el Concurso general­ de traslados, Qintanar de la Sierra y en septiembre nos trasladamos. Yo no me despegaba de mi madre con la ilusión y el temor de ver el nuevo pueblo. Fuimos en carro los 20 kms. que separan los dos pueblos y en el pi­nar, podríamos decir que está el mojón que marca el límite frontero entre las dos primeras etapas o pueblos de mi vida.
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Al otro lado de ese mojón esta.... Quintanar de la Sierra.

domingo, 19 de abril de 2009

Prólogo

PRÓLOGO

Jubilado, pensionista, retirado, 3ª edad y hasta "edad de oro", según algunos es mi estado actual en 1.985.

Edad de nostalgias, de recuerdos. Se dice que el joven vive de ilusiones y el viejo de recuerdos; pues bien, acogiéndome a este aforismo he caído en la tentación de repasar mi vida y escribir mi pasado, es decir, plasmarlo en un libro ¡qué osadía! ¡escribir un libro! ­sí, y por difícil que esto sea, todos tenemos tema para ese libro, aunque lógicamente falle ­la literatura, la ortografía, el orden, la ex­posición y por supuesto el hacerlo.

La primera dificultad es titularlo, aunque parezca tan simple. Como cuando nace un niño bullen los nombres, pues aquí lo mismo. Se llamará ¿"mis memorias"? me parece demasiado ­manido, un tanto acomodaticio, parcial y autoadulador. ¿"Mis recuerdos"? da la sensación de que va a describir más o menos ampulosamente ­los importantes sucesos de mi vida, en el su­puesto de que los haya. ¿"mi pasado"? aunque­ en realidad eso es, parece que le falta proyección de futuro. ¿"pinceladas autobiográficas"? título original, pero nada más que eso. ¿"Mis confesiones"? yo creo que es el que mejor encaja por varias razones: 1º porque en la vejez creo que tiene un valor de examen de concien­cia y es una rendición de cuentas para no pre­sentarse ante el Sumo Juez, si es posible, con las manos vacías. 2º Ante mi familia a la que ­debo unas verdades que se expondrán mejor como confesión que como memorias. 3º porque tengo ­la idea, al menos así me lo parece a mi que ­las confesiones tienen más obligación de ex­poner la verdad, que, unas rutinarias memorias ­o un relato de recuerdos.

Por lo tanto, es mi propósito ser obje­tivo; no digo veraz y justo, porque para mí, ­fuera de Dios, todos esos valores, siendo muy­ importantes, no dejan de ser muy relativos. Y­ la objetividad de que me jacto, temo que muchas veces, (aunque sea involuntariamente) sea un mito, pero eso, querido lector, es muy humano; recordemos la “guerra de las Galias" de Julio César, estupenda obra histórica, pero se la tacha de subjetiva; recordemos el espejo de la madrastra de Blanca Nieves, ese espejo que­ es el tuyo, el mío y el de todos, o aquello de que los árboles, no dejan ver el bosque, 0 ­el pasaje evangélico de que vemos la mota en ­el ojo ajeno y no vemos la viga en el nuestro, pero repito intentaré narrar mis recuerdo, mis alegrías, mis penas, mis ilusiones mis fracasos, mis sueños, mis proyectos, mis realidades, mis viajes, mis hobbis, mi familia, mi entorno, mi profesión, etc. tal y como yo lo recuerde y con esa intención de confesión.
Será libro inconcluso. para mi y para los míos, y espero que alguien lo termine adosándole el último capítulo, que por supuesto no podré terminar, porque para entonces ya habré traspasada los umbrales de la muerte.

Este libro que es mi vida, de la que he de dar cuenta a mi Creador y Él así me lo demandará.

F.M.H.

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nací el 24 de febrero de 1918 he muerto en 2009 pero esta historia la escribí yo.